Estudio Bíblico

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Ministerio Reyes y Sacerdotes - Guatemala

Paternidad de Dios.



LA REVELACIÓN DEL PADRE,
LA “CORONA” DE LA REVELACIÓN DE DIOS.



En el Antiguo Testamento, los creyentes tenían una relación con Dios caracterizada por lo siguiente:

a) La revelación de Dios como Dios (aún no se había revelado como Padre).
b) La denominación de los creyentes como “pueblo de Dios”.
c) La relación entre Dios y su pueblo se encuadraba dentro de la ley (normas).
d) La revelación de Dios era únicamente a través de la revelación escrita.

Sin embargo, en el mismo Antiguo Testamento, en anticipo a lo que el Nuevo Testamento va a revelarnos, encontramos manifestado el deseo del corazón de Dios de trascender el papel de Dios para llegar a ser nuestro Padre, deseo que era incluyente para el “pueblo de Dios”, Israel, como el mismo Dios lo manifiesta en Jer 3:19.

“Yo mismo dije: ¡Cómo quisiera tratarte como a un hijo, y darte una tierra codiciable, la heredad más hermosa de las naciones! Yo creía que me llamarías “Padre mío” y que nunca dejarías de seguirme.”

Otros pasajes de las Escrituras reafirman el mismo punto:

“¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste!” (Luc 13:34).

Dios, desde el Antiguo Testamento, y aún desde antes de la fundación del mundo, ha tenido un fuerte deseo en su corazón: el deseo de ser nuestro Padre y, en consecuencia, que seamos más que sus jornaleros o siervos, que seamos sus hijos (como el hijo pródigo y el hermano mayor del hijo pródigo).

Eso se hace evidente cuando Jesús, en consonancia con el deseo del corazón de nuestro Padre dice en Jn 15:12-15.

“Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos (El la puso por nosotros, en consecuencia, somos sus amigos). Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer.”

Desde siempre, el Padre nos anhela, nos desea vehementemente:

“Paloma mía, que estás en los agujeros de la peña, en lo escondido de escarpados parajes, muéstrame tu rostro, hazme oír tu voz; porque dulce es la voz tuya, y hermoso tu aspecto.” (Cant 2:14).

“¿O pensáis que la Escritura dice en vano: El Espíritu que El ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente?” (Sant 4:5).

El quiere darse a conocer a nosotros, revelársenos en toda la enorme dimensión de lo que es el amor de Padre que experimenta por nosotros. El quiere ser el centro de nuestra atención, nuestra única necesidad, el único deseo de nuestro corazón, por cuanto El es todo lo que necesitamos. Si lo tenemos a El, lo tenemos todo. Si no lo tenemos a El simplemente podremos tener las añadiduras pero al final de cuentas no tenemos nada:

“Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.” (Jn 14:6).

“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quién has enviado.” (Jn 17:3).

“…para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.” (Efe 3:17-19).

“Pero se acerca la hora, y ha llegado ya, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en Espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es Espíritu, y quienes lo adoran deben hacerlo en Espíritu y en verdad.” (Jn 4:23-24).

Para mí, después de más de 10 años de ser creyente, fue toda una revelación el hecho de que había más de Dios de lo que yo había imaginado y conocido en todos esos años. Durante todo ese tiempo había sido enseñado, y yo mismo lo enseñe así, que la revelación de Dios había concluido con el Antiguo Testamento y que el Nuevo Testamento era la revelación de Jesucristo y del Espíritu Santo. Lo que nunca me di cuenta, es que está es una verdad a medias porque si bien es cierto el Nuevo Testamente es la revelación de Jesucristo y del Espíritu Santo, ellos a quién revelan, manifiestan y enseñan es al Padre, o sea que el Nuevo Testamento es una revelación aún mayor que el Antiguo Testamento de Dios, revelándolo en su ser de Papá. O lo que es lo mismo, Jesús y el Espíritu Santo son una revelación más amplia de Dios para sus hijos: la revelación del Padre.

“Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre? ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras. Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera, creedme por las mismas obras.” (Jn 14:9-11).

“Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido, lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual.” (2 Cor 2:10-13).

Por ello no es casual que el Antiguo Testamento termine, en sus dos últimos versículos con el siguiente anuncio:

“Estoy por enviarles al profeta Elías antes que llegue el día del Señor, día grande y terrible. El hará que los padres se reconcilien con sus hijos y los hijos con sus padres, y así no vendré a herir la tierra con destrucción total.” (Malaq 4:5.6).

Ni tampoco es casual que al introducir el ministerio de Juan el Bautista, el ángel enviado por Dios a Zacarías para anunciarle el nacimiento y misión de su hijo, que no era otra que la de preparar el camino de Jesús en los corazones del pueblo de Israel, haya dicho:

“El (Juan el Bautista) irá primero delante del Señor, con el espíritu y el poder de Elías, para reconciliar a los padres con los hijos y guiar a los desobedientes a la sabiduría de los justos. De este modo preparará un pueblo bien dispuesto para recibir al Señor. (Luc. 1:17).

Si analizamos estos versículos en el contexto de Luc 4:18-19 (que no es más que una versión resumida de Isa 61),

“El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor”.

podremos entenderlos en toda su dimensión, porque para recibir la revelación del Padre Celestial Amoroso primero, como sucedió en mi caso particular y en el caso de muchas otras personas a las que he podido compartir de este tema, había que remover todas las heridas en el corazón y todas las distorsiones mentales en el concepto de Padre que la paternidad terrenal o las figuras de autoridad a las que el pueblo había estado expuesto habían ocasionado. Recordemos lo que menciona la Palabra en 2 Cor 10:3-5:

“Aunque andamos en la carne, no militamos según la carne, porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo,”

También recordemos que en el contexto histórico de la venida de Jesús el pueblo israelita estaba sometido a:

1) Un dominio religioso legalista que hacia aparecer a Dios como un Dios al que no era posible satisfacer más que de formas muy sacrificadas, y que al más mínimo incumplimiento de las obligaciones de la ley castigaba a las personas, además de que su concepción implicaba la de un Dios más preocupado por lo externo, las apariencias, la imagen, que por lo interno: es decir, el corazón. O lo que es lo mismo, la religión institucional de esa época pintaba a un Dios perfeccionista, normativo, prohibidor, castigador, poco interesado en la naturaleza humana y en sus luchas, batallas y frustraciones. Y obviamente, los padres de esa época con seguridad, en la relación con sus hijos, seguían este patrón de la religión institucional en el proceso de la educación de sus hijos.

2) Por otro lado, también estaba sometido a un dominio tiránico de los romanos que era autoritario, arbitrario, abusivo y aprovechado de su poder y autoridad, al que el pueblo israelita odiaba por un lado pero también lo temía.

Esos eran los ejemplos de autoridad a los que el pueblo estaba expuesto y que, por supuesto, constituían un obstáculo difícil de remover, para poder dar paso a la revelación de Dios el Padre.

Para que estuviéramos (y estemos) listos a poder recibir la revelación que Jesús traía de Dios, la de Papá, era previamente necesario que los corazones de los padres y de los hijos estuvieran reconciliados y sanados, para impedir precisamente que por esas relaciones irreconciliadas, la amargura derivada de ellas y esas imágenes dolorosas de las figuras de autoridad, las personas no recibieran la maravillosa y hermosa revelación de Dios el Padre.

Esa es una necesidad no solo de la época de Jesús, sino que también de nuestra época y quizá mayor aún que en la época de Jesús, debido a que la figura paterna, que es el símbolo e inicio de toda autoridad y orden, ha sido muy duramente atacada en todos los frentes por los seguidores de la filosofía humanista y feminista, dominantes en la sociedad occidental actual, cuyo objetivo primordial aunque no reconocido es en última instancia, la destrucción de todas las formas y principios de autoridad y responsabilidad que constituyan una limitación para el ejercicio del egoísmo al máximo (algunos de cuyos postulados son “derecho” al sexo libre –irresponsable--, “derecho” al aborto, reconocimiento de la homosexualidad como una opción, los “derechos” del niño y la niña, que en el fondo son una ataque contra la autoridad paternal, etc.).

Fruto de la degradación de la autoridad y papel paterno dentro de la familia ha sido la degradación, desfiguración y despojo del concepto de la paternidad de sus antiguos contenidos de autoridad, disciplina, orden, afecto, etc., tal manera que los padres que siguen los conceptos del mundo sobre la paternidad, en la actualidad, o no saben exactamente lo que significa ser padre por lo confundidos que están entre la diversidad de opiniones que limitan y tergiversan el rol de los padres, convirtiéndolos en simples observadores permisivos de lo que sus hijos quieran hacer, o los restringen al papel de simples proveedores de cosas materiales y dinero, o por la frustración y confusión, se retraen sobre sí mismos buscando solamente su satisfacción en el rol paterno, improvisando, enfrentando el día a día sin metas definidas de su paternidad.

Esa situación, complementada con los demás conceptos humanistas y feministas sobre la vida, el éxito, la felicidad, la sexualidad, el matrimonio y la familia, ha derivado en una avalancha de separaciones, divorcios, embarazos no deseados, madres solteras, abuso intrafamiliar, etc., que como una epidemia abarca todos los estratos sociales y todos los países y cuyos principales afectados han sido los niños y niñas en lo más esencial e indefenso de su ser: su corazón, que ha sido herido con el rechazo, la soledad, la confusión, el abandono, el vacío, la soledad, el abuso, etc., dando como resultado generaciones enteras llenas de enojo, ira, rabia, dolor y rebelión contra todo lo que signifique autoridad, y por supuesto, contra todo lo que tenga que ver con un Dios paternal.

02 Nov 2014